El viaje y el primer encuentro con la familia

Recuerdo que la noche anterior dormí poco porque había salido a despedirme de mis amigos y tenía que hacer la maleta. ¿Cómo y qué meter en una maleta de 23kg y una mochila para un año? Recordando los consejos que me dió la au pair a la que conocí ese verano, metí principalmente básicos y ropa que abrigase y me pudiese poner a capas. Lo que no pudiera meter, me lo podría comprar allí. Un par de camisetas y pantalones térmicos del Decathlon porque no conocía ninguna de las tiendas que había encontrado de deportes en Köln.
Mi portátil era indispensable. La familia me dijo que podría utilizar su ordenador, pero si ellos tenían WiFi, prefería utilizar el mío.
La familia vivía en una casa grande de tres plantas (cinco si contamos el sótano y la buhardilla), seis dormitorios, dos baños y un aseo (además de un jardín con el típico trampolín y un garaje bastante amplio). Mi habitación estaría en la planta de arriba y compartiría baño con el hijo mayor, así que dudé mucho entre si debía llevarme mis propios geles de baño y otros productos y toallas y sábanas. Por suerte antes de ir me dijo la madre que eso no era necesario.
Fue todo un poco improvisado la verdad. La tarde-noche previa al viaje mis amigos me prepararon una fiesta sorpresa de despedida y todo y yo aún no me hacía a la idea de que me iba un año. Despedirme de mis padres en el aeropuerto fue más fácil de lo que imaginé.
Volé a Frankfurt (porque era considerablemente más barato) el mismo día que Felix Baumgartner saltó desde la estratosfera y del aeropuerto de Frankfurt fui en tren hasta Köln, donde me recogería la familia. Una vez en el tren les escribí un sms avisando de que ya estaba montada y mi hora de llegada prevista y el andén al que llegaría y me entraron las dudas y los miedos. ¿Y si no me reconocían o yo a ellos? ¿Qué hacía yendo con unos desconocidos? ¿Y si al final nos llevabamos mal? ¿Y si no me entendían? ¿Y si los niños pasaban de mí? Entre tantas dudas bajé del tren y no pasaría más de un minuto cuando el padre se acercó a mí con un cartelito en el que ponía mi nombre y que habían dibujado las niñas. Las dudas volvieron con mayor intensidad porque en un principio vendría la madre a por mí y siempre he intentado ser una persona bastante cuidadosa con internet y sentía que de cierto modo me estaba mentiendo en la boca del lobo. Era un señor grande, más corpulento de lo que aparentaba en las fotos pero de cara afable. Me ayudó con la maleta mientras que salíamos y yo veía de reojo inmensa catedral de Colonia, el Kölner Dom, bajo la luz de una luna que no recuerdo en qué fase estaba.
Fuimos al coche del padre, que era un deportivo con calefacción hasta en los asientos… Vaya, una pijada de mucho cuidado que valía un pastizal. Durante el trayecto que fueron unos 20 minutos me preguntó por el viaje, me contó que la madre y la mayor acababan de tener un accidente cuando iban a recogerme y que se habían quedado haciendo el papeleo y por eso había venido él en su lugar. Él trabajaba como médico en una clínica e investigaba y daba charlas y cosas así y mientras que seguíamos hablando del trabajo y del Baumgartner del que hablaban en la radio y demás, llegamos a la casa. Idéntica a la que aparecía en google maps al introducir su dirección (sí, los últimos días en España me dio por buscar escuelas de idioma cercanas, tiendas cercanas, parques cercanos, hospitales cercanos… para ir aprendiendo un poco porque mi orientación es nefasta).
Al abrir la puerta la madre me recibió con un efusivo abrazo, la mediana fue muy simpática y estaba impaciente por enseñarme el postre que me había preparado y la pequeña me saludó entre tímida, curiosa y cansada, casi como el perro porque serían más allá de las 22:00. El mayor fue un poco pasota.
Me enseñaron mi cuarto para que dejase mis cosas y me reuní con ellos en el salón donde me comí el postre que estaba riquísimo y hablamos nuevamente del viaje, del accidente que acababan de tener (estaban completamente bien, el coche tenía que pasar brevemente por taller), me enseñaron un poco por encima la casa y la cocina, que no sé si habréis visto la segunda película de Bridget Jones, pero se me antojó como la de Marc Darcy, tanto por el diseño como por el hecho de llegar a pasarme las siguientes semanas sin encontrar nada. La madre intentó explicarme dónde iba cada cosa esa misma noche, pero el padre fue comprensivo y le dijo que lo dejase para otro día mejor.
Esa fue nuestra excusa para despedirnos hasta el día siguiente. Les pedí la clave del WiFi y desaparecí escaleras arriba mientras que ellos continuaron un rato jugando a las cartas en familia.

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